Con motivo en el día de hoy 23 de Abril de la celebración del día del libro te proponemos un itinerario intangible, hecho de tinta y papel, que nos lleva de un rincón a otro de Burgos de la mano de la sensibilidad de algunos de los escritores que han plasmado sus recuerdos e impresiones sobre la ciudad. Azorín, Pío Baroja, Federico García Lorca, Richard Ford..., que con sus impresiones y vivencias nos vam a guiar en este recorrido literario por las calles burgalesas.
¡Qué dulce recuerdo, lleno de verdad y de lágrimas me sobrecoge cuando pienso en Burgos....! ¿Te choca? Yo estoy nutrido de Burgos, porque las grises torres de aire y plata de la catedral me enseñaron la puerta estrecha por donde yo había de pasar para conocerme y conocer mi alma.
LAS HUELGA
Anteayer entramos en la clausura de las Huelgas con permiso del Nuncio; un monasterio fundado por Alfonso VIII, el llamado de las Navas de Tolosa, cuyas banderas y sepulcro están aquí. En los claustros está el antiguo panteón real, enorme de interesante, y en el cual El Escorial es una zapatilla al lado de su arte y su solemnidad. La abadesa, que usa mitra y báculo, para hacernos honores y pleitesía nos sentó uno por uno, con el báculo en la mano, en la silla prioral. Es una de las escenas más hermosas y más serias que yo he presenciado en mi vida. Cuando yo me senté me dijo:“¿Tiene usted padres”?.“Sí, señora”, le respondí, y entonces ella moviendo la cabeza me habló:“Que Dios se los conserve siempre, si no en cuerpo en alma, y ojalá que no crecierais más, para que tantas risas de vuestra juventud no las vierais trocarse en llanto desconsolador”. (Carta a sus padres, 1 de agosto, 1917)
Allí estaban las monjas vestidas de blanco con los velos negros, las caritas sonrosadas y plácidas rodeadas del elegantísimo turbante. Tenían por fondo una galería y ella un Cristo atormentado. Nos miraban con mucha curiosidad y se reían de todas las cosas que decíamos... Toda la antigua aristocracia medieval está encerrada en los claustros, y por muchas garras fieras que despedacen a la Historia, este convento, aunque mutilado, será señorial y lo será siempre. Huele a limpieza de blanco paño y a suave humedad. El patio solitario, lleno de yerbas, con las ventanas entornadas, tiene bajo la tarde de julio una rumorosa tranquilidad soleada y el claustro azulado en estrellas góticas en las esquinas bajo su solería, los cuerpos de las monjas que murieron.
(Diario de Burgos, 7 de agosto de 1917)
Allí estaba Burgos. Burgos debe ser, porque entre esa masa compacta y oscura de techos puntiagudos, de torres almenadas y altos miradores, he visto destacarse, como dos fantasmas negros, las gigantes agujas de su catedral. En este momento se me ocurre qué pensarán esos

monstruos de piedra, esos patriarcas y esos personajes simbólicos tallados en el granito, que permanecen día y noche inmóviles y asomados a las góticas balaustradas del templo, al ver pasar entre las sombras la locomotora ligera como el rayo y dejando en pos una ráfaga de humo y chispas encendidas. Acaso saludarán, con una sonrisa extraña, la realización de un hecho que esperan hace muchos siglos. Acaso esas simbólicas figuras grabadas en la entreojiva de la catedral, jeroglíficos misteriosos del arte cristiano que aún no han podido descifrarse, contienen la vaga predicción de las maravillas que hoy realiza nuestra época.
(El Contemporáneo)
He visitado no pocas veces la catedral de Burgos, recorriendo y admirando los primores de arte que encierra en sus gallardas naves, en su capilla del Condestable, donde todo es de suprema elegancia, en su claustro y altares, y los sufrimientos de inefable contento de la vida no me abandonan en ninguna parte de aquel magnífico edificio.Y no me avergüenzo de decir que jamás, en mis frecuentes visitas, perdí el encanto inocente de ver funcionar el infantil artificio del Papamoscas. (“Prólogo” a Vieja España)

Mientras tanto, señora, si alguna vez pasa usted por Burgos, visite su prodigiosa catedral, y, despuésde haber contemplado los bajorrelieves en que está esculpida la entrada de Nuestro Señor en Jerusalén, un coro que cierran dos rejas en oro repujado de un trabajo maravilloso, su altar, labradocomo un joyel florentino (…); su Magdalena de Leonardo da Vinci; su órgano formidable y su Cristode piel humana, solicite usted ver el sepulcro del Cid, y el sacristán, que afortunadamente no es un sabio, le enseñará, en la sala de Juan Cuchillero, el venerable monumento adosado al muro con garfios de acero.(De París a Cádiz)
LA CATEDRAL.CAPILLA DEL CONDESTABLE
¿Qué concepto merece a los burgaleses la piedra de la capilla del Condestable, en la Catedral? Esa piedra es una de las curiosidades de Burgos. Por ser tal curiosidad, nadie repara en ella. Pesa dos mil novecientas cincuenta y seis arrobas, y tiene de longitud once pies y cinco pulgadas; de latitud, cinco y cinco; de espesor, uno y cuatro y medio. Cuando se labró el sepulcro de los fundadores, se colocó –como está ahora– en el centro de la capilla, junto al sepulcro; se pensó –según parece– labrar en ella otro sepulcro: el de algún descendiente de los condestables.No ha llegado todavía el caso; la piedra, como es piedra, puede esperar. (La cabeza de Castilla)

La noche estaba horriblemente fría. El viento silbaba por los arcos de la plaza, el cielo se mostraba vagamente iluminado por la luna oculta entre nubarrones. Sólo alguna luz brillaba en el pueblo. Los vecinos retardados marchaban deprisa por el puente de Santa María a entrar en la ciudad; otros aguijoneaban a los borriquillos y caballerías. (Aviraneta o La vida de un conspirador)
Fuimos también a ver la Plaza Mayor, que es de forma redonda, donde las casas que la rodean están sostenidas por pilares, y donde residen algunos ricos mercaderes, como en la calle que desde esa plaza termina en el mercado mayor, adornada con un gran estanque, porque en todas las plazas y encrucijadas de Burgos hay grandes estanques con sus fuentes, que están la mayor parte en los alrededores de aquella, donde está el barrio más hermoso de la ciudad, a causa de que las calles están allí bastante bien construidas, semejantes a la de San Juan, que va a dar a la puerta del mismo nombre, en el exterior de la cual está la abadía de San Juan, de la orden de San Benito, que está delante de una hermosa plaza, y el gran hospital de los enfermos, y algunos otros conventos, que están a la orilla del río que pasa por Burgos y que separa la ciudad del arrabal que llaman vega, donde para pasar hay tres puentes de piedra sobre ese río: el de los Malatos, el de San Pablo y el tercero, de Santa María, que es el más grande. (El viaje de España y Portugal)
Burgos es una ciudad bastante buena, situada en torno a un monte, al que rodea por tres de sus costados.
En general, tiene buenas casas, pero las calles son estrechas, sobre todo una, que es casi la principal, donde habitan todos los mercaderes, que se llama la calle Tenebrosa por lo oscura (…) Hace mucho frío, es abundante en nieves y heladas que duran mucho, aunque su breve verano es, a veces, calurosísimo, por lo que dicen en España que en Burgos hay diez meses de invierno y dos de infierno. (Viaje a España)
IMPRENTA DE ALONSO FADRIQUE
Año 1499. Ante la espléndida casapalacio que se levanta en la cuesta de subida a la Cal de Tenebrosa, frente a la fachada principal de la catedral de Burgos, se encuentran dos hombres. Se saludan con respeto y grandes maneras, cediendo cada uno la entrada al otro. En este gesto de cortesía están, cuando el maestro impresor don Fadrique Alemán de Basilea sale a su encuentro. Uno de los hombres es don Fernando de Rojas, sevillano, autor que lucha por dar a conocer su Tragicomedia de Calixto y Melibea. El otro hombre es burgalés, de nombre Simón de Diéguez, licenciado, escribano y dómine del Cabildo catedralicio. Porta los legajos que contienen el Memorial que Olegario de Nicodemus, natural de Modúbar de la Emparedada, le mandara escribir sobre su viaje a las Yndias, para ser leído ante sus Altezas los Reyes. Don Fadrique acepta los encargos de los dos hombres y con delicadas reverencias se despiden. (Los santos días del pasado)

Por la calle de San Cosme, calle chamarilera y proletaria, con su iglesiona neoclásica de ancha fachada que, como telón de fondo, cierra la vía urbana, interponiéndose ante el viajero apresurado en una insoslayable invitación, se desemboca en la plaza de Vega, nombre que sin duda le viene al descubierto recinto de cuando era grato sotillo, al pairo o al aire fino del Arlanzón; con sólo dos o tres mesones para la arriería. La plaza de Vega componía el escenario natural para la gran bullanga de las fiestas y mercados, que allí recalaba la aldeanía con sus grandes carretones, de mula poderosa y galga en las dos ruedas, henchidos de fragantes productos del campo largo y de la huerta familiar. (Cualquier tiempo pasado…)
La Llana de Adentro es el rincón de las cosas olvidadas. De las perspectivas estáticas y de las figuras de cera. Algo así como el espontáneo museo callejero donde, tras los cristales, se exhibiera el mundillo popular de fines del siglo pasado.Y hasta más distante a veces. Porque bajo sus soportales de verdadero corralón pueblerino, hay un escalofrío –grato– de vieja litografía. Algunos días, la vida de esta plazuela de pueblo perdido, se desenvuelve como en cualquier novela picaresca: tan tibia, tan pintoresca, tan amarillenta, tan pesada (…). Para escapar de tan falso laberinto, las casas de la plaza vecina han abierto en sus panzas unos túneles vergonzantes, propicios al disimulo. Por ellos se desemboca frente al más animado panorama de la Catedral: doseletes, agujas, escudos.Ya entonces la cosa toma aspecto de verdadera ficción. (Cartones de Burgos)

¡Capital de Castilla! Todos los días recuerdas epopeyas y bajas tus brazos porque notas el callo mandoble en tus manos y crees es bastante con las generaciones. Mueres todas las horas de ansiedades (…). Mi vieja ciudad, con su metafísica razón de vivir –la catedral– agarrada a ella como los moluscos a un barco en carena, nunca podré olvidarte, porque martirizando tus calles han ido creciendo mis pies hasta hacerme mujer y puedo acariciar todos los balcones, todas las esquinas, todas las tiendas con tu recuerdo. (La bella del mal amor)
En el Espolón se pasea, en el Espolón se ríe, se charla, se hacen y se devuelven visitas; en el Espolón sacan novio las niñas y duermen o critican las mamás. En el Espolón, en fin, se hace la vida… (Memorias de una burgalesa)
Azorín
MUSEO MARCELIANO SANTA MARÍA
Al pronunciar como un conjuro el nombre de Burgos, sentimos que se abren ante nosotros perspectivas ilimitadas: el aire de Burgos es fino; el paisaje sobrio; las olmedas que circuyen la ciudad, umbrosas. Hay en Burgos un consorcio indeleble entre lo antiguo y lo moderno; antiguo, porque Burgos es Cabeza de Castilla; moderno, porque Burgos está en el camino de la Europa central a España, y en Burgos han hecho secularmente estada los peregrinos de Europa. Marceliano Santa María permanece, en sus pinturas, fiel a Burgos, fiel a España, y abierto a lo moderno. (La cabeza de Castilla)
CAMINO DE SANTIAGO. PLAZA DE SAN JUAN
A mi llegada a Burgos, después de visitar la capilla de San Lesmes, seguí por la tradicional calle de los peregrinos, la de San Juan, hasta la catedral de Santa María. Eran las doce, las calles estaban calurosas y me alegré de buscar refugio en la sombra. A esa hora, el sol que brilla a través de los grandes ventanales en forma de rosa crea una masa de joyas deslumbrantes que se mezclan con el brillo ambarino que lo invade todo. (El Camino de Santiago)

Por las viejas rúas burgalesas seguía el pueblo al inmortal navegante; a sus dos hijos, Diego y Fernando, que le acompañaban; a los principales pilotos y comisarios de las carabelas, a los indios y a los loros, hasta llegar a la gran portalada de la Casa del Cordón. La multitud se detuvo allí respetuosamente,mientras el almirante, con toda su impedimenta tropical, ascendía a la suntuosa estancia, donde, con el aparato propio de la majestad, le esperaban los monarcas y el condestable con toda la corte. (“Los loros en Burgos”, El Sol, 9 de diciembre de 1926)
En casi todas las construcciones militares de la Edad Media existían galerías subterráneas. Caminos secretos. Ramificaciones en direcciones distintas que desembocaban en puntos convenientes y ocultos en la ciudad y en el campo. En el Castillo o fortaleza de Burgos no podían faltar tales pasadizos (...). En su plaza existía un aljibe y un pozo. El primero surtía de agua a los moradores del fuerte. Pacífica misión. En cuanto al pozo no tuvo nunca agua. Sencillamente era un respiradero, un pozo ventilador como los que se acostumbraban a construir en algunas minas para facilitar la bajada a los trabajadores de las galerías subterráneas y renovar el aire en aquellas profundidades. Aquel pozo era circular –dos metros de diámetro– revestido con sillarejos bien labrados como la mayoría de las iglesias románicas de Castilla. (...) Dentro de los muros de este pozo se desarrollaba una escalera de caracol bien construida por la que podía bajarse cómodamente. De allí partían los caminos ocultos. Uno de ellos conducía al palacio viejo de los reyes de Castilla llamado de San Llorente, que estaba situado al final de la calle de la Llana. Otro llevaba al palacio de Rubena, antes de Maluenda...
(Un pecadillo de amor, 1931)
...Debajo anida la ciudad populosa. La vista desde las alturas es amplia y ahora se ven realmente las espiras de la catedral; más allá, en la distancia, al norte, están los monasterios de Miraflores y Cárdena, mientras que al este, fuera de la ciudad, se levanta el real convento de Las Huelgas, con las verdes Isla y Vega extendiéndose hasta perderse de vista. El castillo fue originariamente palacio de los primeros reyes y es aquí donde tuvieron lugar las ceremonias nupciales del Cid y de nuestro Eduardo I con Leonor de Castilla; también fue aquí donde nació don Pedro El Cruel.
(Manual de viajeros)